lunes, 3 de abril de 2017

Santo Domingo, un gran convento pegado al Camino Portugués histórico a su paso por Tui




HdC. Tui es la cabeza –en Galicia- del Camino Portugués. Por esa ciudad –núcleo del reino suevo en esa comunidad española y capital de una de las siete provincias en que siglos después se dividió el territorio, pasó la aplastante mayoría de peregrinos lusos, que cruzaba el ancho río Miño en unas frágiles embarcaciones que sólo quedan en el recuerdo y como algo típico que se saca muy de tarde en tarde. 

Tui posee, también, un impresionante casco histórico con la catedral principalmente gótica presidiéndolo. Un conjunto de edificios sin par en los que es difícil resaltar alguno sin caer en la injusticia de silenciar otro. Y por esas cosas raras que nunca tienen una explicación clara, la iglesia y antiguo convento de Santo Domingo ha quedado un poco a la sombra de otros templos. Y, sin embargo, conforma un conjunto magnífico.

Dice el historiador gallego Ángel del Castillo que la documentación deja bien claro que existió antes del 1290, pero cierto es que la iglesia actual es muy posterior y se consagró en el 1534… cuando todavía faltaba mucho tiempo para que concluyeran las obras: fue en 1730. Ofrece una planta de cruz latina, con una nave y otra de crucero, así como tres ábsides poligonales.

La iglesia de Santo Domingo, ante la que pasa el Camino Portugués, alcanza por méritos propios la categoría de hito de ese itinerario. Recientemente ha recibido el respaldo oficial por parte de la Xunta de Galicia un segundo Camino Portugués, por la costa (A Guarda-Baiona-Vigo), pero carece de rigor histórico y no se tiene ninguna documentación sobre él.

domingo, 12 de marzo de 2017

Un sarcófago del siglo XI en el Camino Inglés




HdC. En el Camino de Santiago –o mejor, en los Caminos de Santiago- el peregrino se encuentra con hitos grandes y monumentales, y con hitos pequeños y humildes. ¿Cuáles tienen más valor? Todos. No son más importantes las pallozas de O Cebreiro, en Lugo (Camino Francés), que el sarcófago del siglo XI que en estos momentos se encuentra en el atrio del monasterio de San Martiño de Xubia, en el municipio de Narón (Camiño Inglés). Eso sí, ese sarcófago ha sido bien agarrado al firme, a la tierra: no hay ladrón que pueda con él. Por suerte.

Y un detalle curioso de esa comunidad religiosa hoy inexistente: durante muchos años fue dúplice. Es decir, vivían en un lado los monjes y en otras las monjas. Y como se entraba en la carrera religiosa por mandato paterno y nula vocación (excepciones también habría), la cosa acabó como es presumible: con la disolución de la comunidad visto que unos y otras vivían juntos, y, claro está, aquel estado público de cosas no era aceptable.

martes, 7 de marzo de 2017

El Hospital de San Roque, hospital de peregrinos en Santiago


E.G. En la parte más alta de la compostelana Rúa das Rodas, al borde de la muralla y colindante con la iglesia, se levantó en el último cuarto del siglo XVI el Hospital de San Roque, destinado a atender a los pobres con males contagiosos. Siendo Santiago uno de los principales destinos de peregrinación del continente europeo, a su promotor, el arzobispo Blanco Salcedo, le pareció evidente la gran necesidad de un hospital de estas características para beneficio de la ciudad y del Reino de Galicia –escribió- y de otras muchas partes y reinos origen de los que venían en romería.
 Un año antes de su apertura, en 1583, se había rematado allí mismo la construcción de la Iglesia de San Roque, santo a quien el cabildo y el ayuntamiento habían encomendado la salud de los compostelanos ya en tiempos de Alonso III de Fonseca, tras la peste que asoló la ciudad en 1516. La promesa de construcción de la capilla data de 1517. En aquel año se organizó una rogativa que recorrió el exterior de las murallas de la ciudad; se fundó la Cofradía del santo y se decidió que el día de San Roque fuese fiesta de “cuatro capas” en la ciudad y arzobispado, haciendo referencia al tipo de oficio que implicaba y el número de oficiantes que asistirían, vestidos con cetro y capas de seda. Aquel voto a San Roque se conserva y se renueva aún en la actualidad. Sin embargo la promesa de 1517 quedaría en el olvido durante más de medio siglo, hasta que la siguiente epidemia asola la ciudad en 1569. Entonces resucita el fervor por el santo protector de los apestados, y cabildo y concejo se ponen manos a la obra no sin antes achacar la nueva peste al incumplimiento de su compromiso. 



 Durante las epidemias la ciudad ponía en marcha medidas drásticas para evitar la propagación, como el cierre de las puertas o la quema nocturna de romero y laurel, normas que no evitaban la picaresca para entrar, o la huida masiva de vecinos en busca de lugares más seguros. A finales del mismo siglo Santiago padecería aún otra embestida, la peste que entre 1598 y 1600 sacudiría a toda Europa en un bienio terrible. Entonces, a los infectados se les encerraba en sus propias casas, que eran marcadas y tapiadas; se eliminaron los animales callejeros; se encendían hogueras nocturnas; y se aplicaba cal en las zonas de peligro. En los meses más difíciles eran tantos los afectados que se llegan a organizar espacios específicos para confinar a los enfermos, como el campamento que en otoño de 1598 se establece en la Rúa de San Pedro.

El arzobispo fundador, que murió antes de verlo funcionando, había ya indicado que tenía que ser dotado de muchos sirvientes, farmacia y médicos. Con el hospital quería evitar que a Compostela llegasen enfermos que, al no encontrar remedio ni cura gratis, acabasen perdidos por las calles, sin atención, y contaminando a otras muchas personas sanas.
 
El Hospital permaneció en activo varios siglos, atendiendo a un número de pacientes que se incrementaba continuamente. Estaba destinado a enfermos infecciosos, fundamentalmente a los afectados por el denominado mal gálico o de las bubas, la sífilis, que a inicios del siglo XVI era una enfermedad relativamente reciente y décadas después afectaba ya a un quince por ciento de la población europea. Su origen sigue siendo controvertido. Pero su carácter de enfermedad contagiosa e incurable, junto con el estigma de los que la padecían, hizo que se llegase a equiparar a la lepra (con la que a menudo se confundía), o que se la conociese como la peste blanca.


Se estima que en los siglos XV y XVI la sífilis devastó pueblos y ciudades, considerada como un castigo divino resultado de los placeres carnales ilícitos. En los hospitales como el de San Roque se trató inicialmente a hombres pero muy pronto también a mujeres y niños contagiados, en su mayor parte originarios de la propia ciudad y de otros lugares de Galicia. La progresión de la epidemia se refleja claramente en el continuo aumento del número de casos atendidos, y en la ampliación con nuevas salas y camas a mediados del s.XVII.

El tratamiento consistía en aislar a los enfermos en varios momentos del año, en cuartos sin ventilación, manteniéndolos a temperaturas altísimas. Para hacerlos sudar se les proporcionaba jarabe de palo, decocciones de un árbol procedente de las Indias; y se hacían arder en la estancia ramas de la misma especie. Se creía que así la enfermedad saldría por los poros. En algunos casos se optaba por las tinciones mercuriales, que según los conocimientos actuales prácticamente garantizaban la muerte de los enfermos.

La portada renacentista del Hospital, atribuida a Gaspar de Arce, maestro de obras de la Catedral de Santiago, se salvó de las ampliaciones y remodelaciones del siglo XVIII. Está presidida por San Cosme y San Damián, los hermanos médicos y mártires, esculturas procedentes del taller de Gregorio Español. 

Funcionó como hospital hasta ya entrado el s.XX, y el edificio fue después destinado a Seminario Menor o sede de organizaciones como ASPAS hasta su adquisición por la Xunta de Galicia. Actualmente es la sede del Instituto de Estudios Gallegos "Padre Sarmiento" y del Centro “Ramón Piñeiro” para la Investigación en Humanidades.




Fotografías: Adolfo Enríquez

martes, 28 de febrero de 2017

Xoán Santín y el Milagro de O Cebreiro


E.G. La historia de Xoan Santín, el campesino de Barxamaior que dio lugar a una de los más hermosos milagros del Camino de Santiago, se sitúa en el s.XIV en O Cebreiro, una pequeña aldea de las montañas gallegas. Se produjo una tarde oscura y gélida, en unos tiempos aciagos para toda Europa, que a duras penas se podía defender de las hambrunas, las revueltas sociales, la Guerra de los Cien Años o las sucesivas oleadas de la Peste Negra. La nieve cubría no solo los caminos sino también las casas, el monasterio, la iglesia y el hospital. Y no resulta difícil imaginarse al campesino ascendiendo en soledad y muy lentamente por los montes para ir a Misa al templo prerrománico de O Cebreiro, levantado en el 836 por un grupo de monjes benedictinos y custodiado entonces por los monjes de Aurillac.

El religioso que celebra la Misa, sin embargo, desprecia el esfuerzo del Xoan Santin y expresa abiertamente su descontento por la aparición del campesino, tan fatigado, solo para ver “un poco de pan y de vino”, según lo narra en el s.XVII el Padre Yepes. Tras la afrenta inmediatamente la Hostia se convierte en carne y el vino en sangre hirviente, para estupefacción del monje y el campesino; mientras la imagen de Santa María laReal, talla románica del s.XII, inclina su cabeza en señal de devoción por el milagro que se acaba de producir. La carne y la sangre quedan adheridas a la patena y el cáliz, y así permanecieron, adorados por las gentes del lugar y multitud de caminantes, hasta que Isabel la Católica, tras su peregrinación a Santiago en 1486, dona dos pequeñas ampollas talladas en cristal de roca para que los restos se puedan preservar y mostrar debidamente en O Cebreiro. Lo acaecido se extendió como la pólvora por toda Europa y no hubo desde entonces viajero o peregrino que no hiciese un alto en la aldea para venerar los restos del milagro y a Santa María.

Y la historia aún no acaba ahí. El milagro fijó para siempre la fama del Santuario, transmitida por clérigos y peregrinos; y el romancero popular comenzó a vincular el Cáliz gallego con el Santo Grial de la tradición literaria artúrica, según la cual el Grial de las célebres epopeyas medievales, manantial de gracia y poder divinos, estaría en las montañas de O Cebreiro. Se dice que esa misma tradición fue recogida varios siglos después por Richard Wagner en su ópera Parsifal. Como símbolo, el cáliz forma parte principal del escudo de armas del Reino de Galicia ya desde la Edad Media.

El monje y el campesino descansan en la propia Iglesia, en dos tumbas descubiertas tras su rehabilitación en 1962, más de cien años después de que los monjes abandonasen O Cebreiro obligados por la desamortización.  Las cumbres legendarias de O Cebreiro son aún hoy una de las etapas más duras y abruptas del Camino de Santiago. Desde Roncesvalles se habla de ellas como un paso casi mágico. A algunos incluso les infunde cierto temor por la dificultad del ascenso. Se dice también que el templo guarda una energía especial y no es raro ver a los caminantes sucumbir ante la belleza de esta pequeña aldea de piedra, magníficamente conservada a través de los siglos. 




martes, 21 de febrero de 2017

Fuegos del Apóstol: la fachada gótica


E.G. La fachada actual de estilo gótico que se instala en la portada del Obradoiro de la Catedral para los fuegos de la noche del 24 de julio, sustituyó en el año 2000 a la mudéjar que aún recuerdan muchos compostelanos. La mudéjar se utilizó ininterrumpidamente durante casi 120 años, desde 1880  hasta que, con el inicio del s.XXI,  se consideró incorrecto mantener el mensaje que contenía, una alegoría de la victoria cristiana sobre los musulmanes. Para la nueva se estudiaron a fondo los bocetos de la propuesta realizada en 1897 por el entonces arquitecto municipal Daniel García Vaamonde, que no se llegó a construir por falta de recursos económicos. Aunque en 2009 el Ayuntamiento anunció su intención de renovarla anualmente, como acontecía con los castillos en siglos anteriores, el proyecto no se ha concretado y de momento la fachada gótica permanece.

Fotografías: Adolfo Enríquez